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Halloween: del Samhain celta al truco o trato

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Halloween: del Samhain celta al truco o trato
El festival celta de Samhain marcaba el ecuador entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno.

Por Redacción Utilies | 2026-10-12

Halloween no nació en un centro comercial. Su origen se remonta al festival celta Samhain, celebrado hace más de dos mil años en Irlanda, donde se creía que el 31 de octubre el mundo de los vivos y los muertos se entrelazaba. Los celtas encendían hogueras y se disfrazaban para ahuyentar espíritus, dando forma a una tradición que hoy se celebra en todo el mundo.

Bajo las capas de caramelo industrial y los disfraces de látex late un rito milenario sobre la frontera más antigua de la humanidad: la grieta invisible que separa la vida de la muerte, y la necesidad imperiosa de convivir con nuestros propios miedos cuando las noches empiezan a devorar al día.

De Samhain a Todos los Santos

Para los pueblos celtas de hace más de dos milenios, el tiempo no era una línea recta de calendario gregoriano, sino una rueda circular ligada a los ciclos agrarios. El 31 de octubre marcaba el Samhain (literalmente, «el fin del verano» en gaélico antiguo). Era el ecuador exacto entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno: se recogían las últimas cosechas, el ganado bajaba de los pastos altos a los establos y la naturaleza entraba en su letargo frío.

En la mentalidad celta, los momentos liminales —la transición entre dos estaciones, el crepúsculo entre el día y la noche— tenían una carga mágica peligrosa. Durante esa noche, las leyes físicas y temporales quedaban suspendidas. La frontera entre el mundo tangible y el Otro Mundo (el territorio de los aos sí, las deidades y los espíritus ancestrales) se volvía permeable. Los muertos tenían permiso para regresar a visitar sus antiguos hogares, pero con ellos se colaban también entidades errantes y caprichosas.

Para no convertirse en presa de estos visitantes invisibles, la comunidad recurría a dos mecanismos de supervivencia: el fuego y el camuflaje. Las hogueras rituales encendidas en colinas como Tlachtga o Tara servían para guiar a los ancestros benévolos y purificar la oscuridad. Al mismo tiempo, los habitantes se tiznaban la cara con ceniza o se cubrían con pieles y máscaras de animales. Aquel primitivo «disfraz» (guising) no pretendía divertir, sino engañar a los espíritus hostiles: confundirse con ellos para pasar inadvertido en la tiniebla.

Del perdón de las almas al trueque del «truco o trato»

La idea de que la Iglesia católica simplemente abolió las fiestas paganas es un error histórico recurrente; en la mayoría de los casos, la estrategia consistió en rebautizarlas y asimilarlas. En el siglo VIII, el papa Gregorio III trasladó la conmemoración de Todos los Santos del 13 de mayo al 1 de noviembre, y dos siglos más tarde la abadía de Cluny instauró el 2 de noviembre como el Día de los Fieles Difuntos. La víspera comunitaria pasó a conocerse en las islas británicas como All Hallows' Eve, expresión que la erosión lingüística terminaría contrayendo en el término Halloween.

De esa simbiosis entre paganismo agrario y liturgia medieval surgió el embrión de la ronda infantil moderna. Durante la Edad Media británica e irlandesa se popularizó la costumbre del souling: grupos de niños y mendigos recorrían las casas de aldea en aldea pidiendo pasteles dulces —las llamadas «tortas del alma» (soul cakes)—. El pacto no era una travesura infantil, sino un trueque espiritual solemne: por cada pastel entregado, el caminante rezaba una oración para liberar del Purgatorio a los difuntos de esa familia.

Al principio no usaban calabazas

Ningún símbolo representa mejor la globalización de esta fiesta que la calabaza iluminada (Jack-o'-lantern). No obstante, en la Europa celta e insular las calabazas ni siquiera existían.

El origen de la linterna hunde sus raíces en la leyenda irlandesa de Stingy Jack («Jack el Tacaño»), un bebedor embaucador que engañó dos veces al diablo para salvar su alma. Al morir, repudiado en el cielo por pecador y expulsado del infierno por la cólera del diablo, Jack fue condenado a vagar por la eternidad en la oscuridad, alumbrado únicamente por una brasa ardiente del averno depositada dentro de un vegetal tallado.

Ese vegetal original era un nabo grande, una remolacha forrajera o una patata. Quienes caminaban de noche por los senderos vaciaban el interior de estas durísimas raíces, les tallaban muecas fantasmagóricas y colocaban carbón incandescente dentro para espantar las sombras.

El gran salto estético ocurrió a mediados del siglo XIX. Cuando más de un millón de irlandeses huyeron de la Gran Hambruna de la patata hacia Norteamérica, llevaron consigo sus mitos. En el Nuevo Mundo descubrieron la calabaza nativa americana: redonda, de cáscara blanda, enorme y mucho más fácil de esculpir que los ásperos nabos de su tierra natal. La mutación visual quedó sellada.

En España: calacairas y el Samaín gallego

Suele asumirse que la calabaza iluminada aterrizó en España como una imposición televisiva de Steven Spielberg o John Carpenter en los años noventa. La documentación etnográfica demuestra lo contrario: en amplias regiones del norte peninsular, el ritual ya estaba vivo mucho antes de que Hollywood rodara su primer fotograma.

En zonas rurales de Galicia, Asturias, León, Zamora e incluso en pueblos de Castilla y Extremadura, existía la costumbre secular de vaciar melones, calabacines o calabazas en la víspera de Difuntos, colocarles velas en su interior y dejarlas en cruces de caminos, tapias de huertos o ventanas para guiar —o ahuyentar— a la Santa Compaña y a las ánimas benditas. En Galicia, a esas figuras se las conocía popularmente como calacairas.

La recuperación contemporánea de este vínculo tiene incluso un nombre propio: a principios de los años noventa, el maestro e investigador Rafael López Loureiro rescató en la villa de Cedeira (A Coruña) la celebración del Samaín, documentando testimonios de ancianos que recordaban tallar calaveras vegetales en su infancia durante los años cuarenta y cincuenta. Lo que muchos perciben hoy como una moda estadounidense desprovista de raíces fue, en realidad, el reencuentro de la sociedad moderna con un hilo conductor que ya pertenecía al sustrato folclórico ibérico, donde las castañadas, los magostos y las gachas de difuntos compartían el mismo temor reverencial al invierno.

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Preguntas frecuentes

¿Qué significa realmente la palabra Halloween?

Proviene de la contracción de 'All Hallows' Eve' (Víspera de Todos los Santos), término con el que en el mundo anglosajón se designaba la noche del 31 de octubre previa a la festividad cristiana de Todos los Santos.

¿Por qué se tallaban nabos antes de usar calabazas?

Las calabazas son una planta originaria de América. En Irlanda y Gran Bretaña se tallaban vegetales autóctonos como nabos, remolachas o patatas para representar la linterna errante de Jack el Tacaño hasta la migración del siglo XIX.

¿Existía una tradición similar a Halloween en España antes de la influencia americana?

Sí. En regiones como Galicia (donde pervive el Samaín y las calacairas), Asturias, León o Castilla existía la costumbre ancestral de tallar melones o calabazas con velas para alumbrar el camino de las ánimas y protegerse de la Santa Compaña.